Los retos para el pequeño productor

Para el 2050, la producción mundial de alimentos deberá crecer 60% para satisfacer a una creciente población que demandará más y mejores alimentos. El reto no es sencillo si consideramos la alta volatilidad en las condiciones climáticas globales, la disponibilidad de tierra cultivable y, en general, las heterogéneas condiciones de los sistemas mundiales de producción.

De acuerdo con el estudio recientemente publicado “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2012” de la FAO, los pequeños productores han sido actores fundamentales en la disponibilidad de alimentos a nivel mundial.

Por ejemplo, durante la revolución verde en Asia, los pequeños productores fueron los primeros en adoptar los cambios tecnológicos necesarios para promover la productividad agrícola, obteniendo volúmenes suficientes para tener un impacto tangible en los mercados, al disminuir los precios de los alimentos básicos en esa región.

Aún más, los pequeños productores lograron ser más eficientes que los grandes. Esta adopción permitió también un incremento en la demanda por mano de obra en la zona, generando fuentes de trabajo para los más pobres e incrementando los ingresos de las familias de la región.

Sin embargo, los pequeños productores se enfrentan a una gran diversidad de retos y barreras económicas, tecnológicas y estructurales para poder competir en los mercados más desarrollados. Dentro de los retos más importante se encuentra el acceso a educación, pues esto permitirá a los pequeños productores acceder a tecnologías de producción más avanzadas, participar en cadenas de valor más sofisticadas y, en general, lograr la integración productiva.

El rol que las entidades gubernamentales, instituciones de investigación y fomento, y de manera global, todos los actores de la cadena deben adoptar es el de propiciar las condiciones para que los pequeños productores tengan acceso a estos mercados más desarrollados; fomentar el financiamiento, la integración, la educación financiera, la administración de riesgos, la disponibilidad de insumos de calidad, la inversión en infraestructura para la producción y comercialización, el acompañamiento técnico, la transferencia de tecnología, el extensionismo agrícola y las buenas prácticas que fomenten el desarrollo sostenible del sector.

En nuestro país, la actual coyuntura económica y política debe ser un punto de inflexión para reflexionar sobre los caminos que se han tomado y que deberán tomarse, para que el campo se consolide como motor de desarrollo económico y social en aquí. Aprovechémoslo.

José Renato Navarrete Pérez

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